Isla de Margarita: cómo un desconocido salvó mi vida en altamar

Impresionante anécdota de un día de buceo y peligros en Isla de Margarita

Bucear era algo que no pensaba hacer cuando aterricé en la Isla de Margarita, Venezuela. Pero cuando nos recogieron para llevarnos al hotel y nos empezaron a hablar de los tours, entre ellos el de buceo, se me convirtió en el objetivo del viaje.

Hicimos contactos, reservamos y listo. Un día antes nos dijeron que se corría el riesgo de que lo cancelaran por cuestiones de clima. Aunque afortunadamente eso no pasó, el cielo y el mar nos dieron un pequeño susto.

Bucear en Isla Margarita
Buceando en Isla de Margarita, Venezuela

El buceo se hace en el archipiélago de Los Frailes, a unos 40 minutos de la isla en lancha. El día amaneció un poco gris, pero según los instructores, nada de que preocuparse. Lo normal es que el viaje de ida sea un poco pesado, pues se navega en contra de la corriente. Al parecer fue un poco más fuerte de lo normal, y aunque la lancha tuvo momentos en que parecía que se levantaba para dar una vuelta campana, no ocurrió nada que lamentar y hasta fue emocionante y nos dio una primera inyección de adrenalina.

Cuando llegamos a los Frailes nos explicaron la mecánica: inducción rápida del proceso de buceo, primera inmersión, almuerzo, segunda inmersión y regresamos. Pero debido al clima y gracias al ojo experto del capitán, cambiaron los planes: “mejor hacemos las dos inmersiones de una vez, almorzamos y nos vamos rápido, parece que va a llover”.  Pero había tanto sol que lo miramos con incredulidad.

El buceo se convirtió en una de mis mejores aventuras para recordar y volver a hacer. Cuando fuimos a almorzar el capitán empezó a decir que comiéramos rápido para irnos. Zarpamos de nuevo y nos dimos cuenta de que el mar no iba a estar tan tranquilo como se suponía. Las olas eran fuertes, el cielo ya no estaba tan azul y la tensión se empezó a sentir con la luvia y los relámpagos.

Tormenta Isla Margarita
El capitán y su ayudante en altamar

Mi mamá me enseñó a tenerle mucho respeto al mar, “porque es traicionero”, y creo que nunca lo había respetado tanto como ese día. Los cuatro motores de la lancha empezaron a fallar, uno a uno se fueron apagando y el capitán y sus ayudantes iban cambiando de posición para ayudarse entre sí a prenderlos en pleno altamar y sortear el oleaje.

Destreza y pericia era lo que les sobraba, casi sin ver nada adelante sabían en qué dirección ir, cómo recibir una ola y en qué momento aumentar o disminuir la velocidad. Es increíble ver lo que hace el conocimiento, nosotros con flotadores, agarrados de lo que pudiéramos y tratando de mantener la calma. Ellos sin nada que los protegiera, concentrados, pero serenos, el “capi” dando órdenes y sus dos ayudantes cumpliendo.

No sé cuánto tiempo tardamos pero pudimos volver sanos y salvos a Isla de Margarita. ¿Alguna vez has sentido que le debes la vida a un desconocido? Ese día tuve la necesidad de hacerlo y de decirle infinitas gracias .

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